Tuesday, April 15, 2008

La mesera majadera



Entre las mesas se movían veloces un par de piernas. Estela iba de un lado a otro cargada de charolas atiborradas de vasos, platos, cucharas y tenedores sucios. Entraba en la cocina, dejaba el sucio botín y salía de nuevo a las mesas cargada de suculentos platillos y deliciosas bebidas. Corría para arriba y para abajo, tomaba pedidos y los servía siempre sonriendo, esperando a que en el pago del mes se viera recompensada esta tarea con los $200 pesos que otorgaban como bono extra a los empleados ejemplares.

Había trabajado de mesera en La cuchara desde hacía seis años y siempre había recibido un sueldo de $2,000 al mes más el bono extra, el cual era indispensable en su vida ya que le representaba el pago del teléfono y la extensión de treinta canales en su televisor. Le gustaba ser mesera, pero sentía que realizar esa labor era como estar en una clase de ballet haciendo puntas todo el tiempo. Debía ser muy amable y dirigirse con propiedad hacia los clientes. Tenía que llevar siempre mandil y una buena presentación, sin que un solo cabello se le escapara del peinado. Pero no importaba mucho; lo difícil del trabajo se compensaba con creces cuando Estela se colgaba al teléfono en llamadas a sus hermanas o cuando se tendía en su cama a recorrer los treinta canales con el control remoto buscando algo divertido que ver. Así que seis años habían transcurrido y Estela no había bajado la guardia, no había duda alguna, era una empleada ejemplar.

Una de tantas noches llegó al restaurante cargada de toda su energía a realizar de buena gana el turno nocturno. Sabía que la jornada sería larga y agotadora, por eso se había pegado a la cara una gran sonrisa que parecía estar, casi, estática. Estela caminaba de un lado a otro, como todos los días, atendía a un cliente, atendía a otro, y entraba y salía de la cocina cada cinco minutos.
A la media hora de haber comenzado su turno, entró en el restaurante un hombre gordo y calvo. Llevaba un gran anillo de diamantes en la mano y lucía una sonrisa arrogante en la cara. Su traje impecable y el perfume que emanaba de su persona le hacían ver y sentirse elegante. Era Don Mauro Godínez, uno de los clientes más importantes del restaurante. Se le veía a leguas el poder que poseía, pues todos los que lo recibieron hicieron caravanas a su alrededor mientras que un mesero, nervioso, lo conducía a la mejor mesa. Don Mauro había acumulado su fortuna gracias al negocio de la venta de automóviles semi-nuevos, donde, con otros cuatro socios, lavaba dinero. Era un tanto soberbio pero dejaba buenas propinas, así que los empleados se peleaban entre sí por lograr ser quienes lo atendieran. Esa noche Estela estaba de suerte, y el dueño del restaurante le pidió que fuera ella la mesera de Don Mauro. Estela, con la sonrisa congelada en el rostro obedeció la orden y se dispuso a atender al hombre aquel.

-Buenas noches caballero, ¿qué le voy a servir?
-Este, eh… mire quiero que me traiga por favor una botella de champagne. Estamos de festejo ¿verdad amigos?
-Sí claro Mauro, ja, ja, ja.
-¡Uno no se hincha de dinero todos los días!
-Ja, ja, ja, ¡no! entonces eso señorita, champagne y tres copas.
-Enseguida se la traigo.

Con la rapidez que la caracterizaba fue y regresó con el pedido de Don Mauro, lo sirvió, se percató de que nada le hiciera falta, y luego corrió de prisa a otra mesa desde la cual la llamaba una mujer insistentemente.

El espacio que dejaba la silla de Don Mauro y la pared era estrecho. Estela quiso pasar por ahí para cortar camino y llegar pronto con la mujer que no dejaba de hacerle señales con la mano. Enflacó la panza, estiró el dorso, levantó la charola vacía con una mano y se escurrió hábilmente. Estaba por lograr el cometido aquel, cuando de pronto un pequeño clavo que se asomaba de una de las patas de la silla de Don Mauro se agarró fuertemente de su media transparente y la jaló hasta rasgarla desde el muslo hasta la rodilla. Se detuvo, e intentó agacharse para zafarse de aquel obstáculo, pero el espacio era muy estrecho y Don Mauro no cooperaba en lo absoluto. Habiéndose dado cuenta de que la mesera estaba en aprietos, pareció ignorar el hecho y no hizo absolutamente nada por hacerle espacio. Fue entonces que se dio cuenta de que no había otra solución; debía jalar la pierna con fuerza para arrancar los finos hilos de aquel asesino clavo. Y así lo hizo, sólo que ahora la rasgadura se extendió hasta le tobillo. Con los hilos colgándole por la pierna, fue hacia donde la llamaba insistentemente la mujer, quien pidió molesta la cuenta. Estela caminó hacia la cocina y sintió que sus ojos se llenaron de lágrimas. Una oscura impotencia se le manifestó entera y redonda frente a sus ojos, la cual, después de unos segundos, se transformó en un profundo enojo. El cajero entregó la cuenta a Estela y ésta dio un fuerte giro hacia las mesas. La sonrisa congelada se le contrajo en una mueca gris y los ojos se le enrojecieron, miró a Mauro Godínez y le pareció jamás haber odiado tan clara y profundamente a nadie más. Debido a él, su mundo estaba en riesgo, los treinta canales extra, las llamadas a sus hermanas, su reputación y su imagen. Lo odiaba tanto, que le dieron ganas de encajarle un tenedor o un cuchillo. Respiró hondo, se secó las lágrimas que habían quedado esparcidas en sus mejillas y fue a la mesa de la mujer que anteriormente la había llamado. Entregó la carpeta de piel con la cuenta dentro y después fue hacia la mesa de Don Mauro, quien en ese momento se encontraba a carcajada tras carcajada. El aire se le iba de vez en vez, y el estómago le dolía.

-¡Ay! Que risa maricón, ¡eres la gracia andando! ¡Ay! ¡Mesera! Tráigame tres órdenes de caracoles fritos ¡rápido! Ja, ja, ja.

Estela intentó contener sus oscuros sentimientos, pero le era imposible. Se acercó a Don Mauro y, ya que se encontraba lo suficientemente cerca de su oído, entre dientes dijo:

-A tus órdenes maricón de mierda.

Mauro, consternado, y un poco inseguro de lo que acababa de escuchar giró la vista a la mesera que en ese momento se encontraba limpiando la mesa de las colillas de cigarro y las servilletas sucias.

-¿Qué fue lo que dijiste?
-Que a sus órdenes señor Mauro. Enseguida le traigo su pedido.

Un poco desconfiado, Don Mauro arrugó la frente y continuó la conversación con sus amigos. La mesera se alejó y el la observó de reojo.

-Estoy casi seguro de que esa mujer me insultó, ¡estoy casi seguro!
-Ay Mauro, por dios, ¿cómo vas a creer?
-No sé. No lo sé.

Estela regresó con los caracoles y comenzó a servirlos en el lugar de cada comensal. Cuando estuvo cerca de Mauro, murmuró aún más bajo que la vez anterior:

-Aquí están tus caracoles gordo asqueroso.

Mauro, con la expresión de consternación más arraigada cada vez, miró a Estela, quien, disimulada, servía los platos y los cubiertos.

-Oiga, escuché que murmuró algo. ¿Qué fue lo que dijo?
-¿Yo señor? No dije nada.
-Estoy seguro. Escuché que dijo algo.
-Señor, seguramente, porque estoy cantando en voz baja, usted pensó que le hablaba, discúlpeme. Con permiso, ¿le traigo algo más?
-No, nada, así está bien.
-Perfecto señor, si necesita algo más no dude en llamarme marrano hijo de puta.
-¿Perdón?
-Qué si necesita algo más no dude en llamarme señor.
-Ah… ah, está bien. Gracias.
-De nada señor.

Y en cuanto se dio la vuelta, elevando el tono de voz comenzó a canturrear una serie de insultos. Mauro creyó escuchar algo pero Estela ya se encontraba lejos de él.

Al paso de veinticinco minutos, Mauro, que se encontraba ya un poco mareado por el vino, llamó de nuevo a Estela, quien acudió prontamente a la mesa.

-¡Oye, tú, ven para acá!
-¿Si señor? ¿En qué le puedo servir?
-Tráeme un puro, rápido.
-Así que fumas como cerdo asqueroso -dijo Estela muy bajo para terminar con un tono suavemente servicial- Por supuesto que sí. Enseguida.

Entonces Mauro, que había distinguido un ligero movimiento en los labios de la mesera, se levantó hecho un energúmeno y la tomó del brazo.

-A ver, a ver, a mi no me haces pendejo. Tú estás hablando entre dientes, y luego me haces creer que yo estoy loco.

Apretó el brazo de Estela quien, fingiendo susto, comenzó a sollozar. La verdad era que estaba disfrutando sobremanera el numerito y una risa desbordada se le hacía nudos en la garganta.

-Señor, discúlpeme, pero no se de qué habla.
-¡Has estado jugando conmigo desde que llegué, y ahora quiero que me digas qué es lo que te traes!

Y cada vez apretaba más fuertemente el brazo de Estela, quien sentía un gusto desbordado que crecía mientras más fuerte fuera el apretón.

-Señor. Le juro que yo…
-Cálmate Mauro, la mesera sólo está haciendo su trabajo, nosotros no hemos notado nada extraño en ella. Suéltala que le estás haciendo daño. Mírale la cara de susto -dijo uno de sus socios- suéltala ya Mauro.
-Señor de verdad que yo, no quise nunca, es que yo, mientras trabajo, canto. Es una manera de hacer que las horas no pasen tan lentas y fatigosas. Le pido disculpas. Se lo ruego, suélteme.

Con el rostro un poco más relajado Mauro soltó el brazo de la mesera y le pidió disculpas aunque no estaba tan convencido de su inocencia. Estela se retiró por el puro. En el camino el dueño del restaurante la interceptó y le pidió una explicación. Ella le contó lo sucedido y con la cara envuelta en una preocupación fingida, pidió disculpas y más disculpas. El dueño, con extrañeza, la observó de arriba a abajo, las medias desgarradas, la cara de susto, el brazo enrojecido por el apretón que había recibido. Sintió lástima por ella y le permitió que se sentara un rato en la cocina para que se recuperara.
Mauro había terminado sus caracoles y se encontraba fumando un puro que le había entregado uno de los meseros. Entonces el dueño se acercó a su mesa para pedirle una disculpa por lo que acababa de acontecer. Mauro, condescendiente, le explicó que había sido una lamentable confusión y que quería recompensar a la mesera por su comportamiento.

-Mira Miguel, no te preocupes, fue el alcohol que me hizo escuchar mal. Dile a tu mesera que le mando esto y te ruego por favor que olvidemos este triste incidente.

Le extendió un cheque por $1,000 y le pidió que se lo entregara a la mesera.

-Dile que me disculpe.
-Claro que si Mauro, muchas gracias, yo le digo. Y mira, la cuenta va por cortesía de la casa, ¿está bien?

Estela estaba que se carcajeaba en el baño de empleadas. Se miraba al espejo, toda descompuesta y se tapaba la boca para ahogar su risa. Cuando se sintió más tranquila, salió y puso de nuevo una cara de susto y pena. El dueño le entregó el cheque y le dio unas palmadas en la espalda.

Estela terminó su turno nocturno y después fue a su casa. A la mañana siguiente pagó por adelantado algunos meses de servicio de cable y teléfono. Llamó a sus hermanas, vio televisión y salió a comprarse cinco paquetes de medias de nylon.

Para Samantha Olivares…

Imagen: Eugenio Recuenco

Noemí Mejorada at 9:22 PM

56comments

Sunday, April 06, 2008

Historias de la inmortalidad humana o el día en que Tomás temió ser, verdaderamente, Highlander


-Oye viejita, ¿pues que te traes? Hace días que te veo decaída, como ausente.
-¡Claro, Highlander, como tú eres eterno y los años y el dolor no pasan sobre ti, crees que los demás corremos con la misma suerte!
-Ay, vieja, claro que no. Si a mi también me duele a veces el estómago y las gripas éstas que no me dejan en paz me cansan tanto que a veces no me puedo ni levantar del sillón. Sin mencionar mis inservibles piernas.
-Ay si Tomás, pero a ti no te dan éstos mareos infernales, éstas jaquecas insoportables, éstos ascos que sólo son comparables con los que trae consigo el embarazo en su versión más asesina.
-¡Si, claro, las mujeres siempre sintiéndose exclusivas por tener útero y ovarios! como si su dolor fuera el más intolerable; el más insufrible. No se por qué me da la impresión de que, a lo largo de los años, las muchas generaciones femeninas han encumbrado sus achaques a una altura insospechadamente falsa e inexistente. Y nosotros, los hombres, hemos creído esa gran mentira teniendo para con ustedes cuidados extremos e innecesarios. No sé por qué tengo esa impresión, y tu cara me lo confirma. Deberías ver el gesto que acabas de poner, es igual al de aquellos que han sido sorprendidos en medio de un acto delictivo y disimulan para que la sociedad piense que nada han hecho, que nada ha pasado.
-¡Mira inmortal insensible, piensa lo que se te de la gana! de todas maneras tu condición de hombre te impide entender cualquier asunto femenino. Y no quiero hablar más del tema, que siempre que llegamos a éste punto, terminamos peleando.

Tita se sacudió los malos pensamientos de la cabeza con el sacudidor; se limpió de la boca las palabrotas que estaba a punto de decir y se puso a arreglar su casa. La ropa de Tomás estaba tirada por toda la recámara, sus antigripales ocupaban todo el espacio del tocador y el rollo de papel de baño usado, arrugado y tirado por doquier, hacía que Tita tuviera que agacharse innumerables veces hasta el piso. Pero odiaba a Tomás mucho menos de lo que lo amaba, por eso, después de tantos y tantos años, seguía a su lado cuidándolo, lavando su ropa y haciéndole de comer. En el fondo, Tita sabía que si algún día ella faltara, la vida de Tomás perdería el rumbo y tomaría cualquier dirección hacia cualquier parte. Tita se sobresaltaba por las noches cuando estos pensamientos se le dibujaban claros y contundentes, y procuraba nunca faltar a su consulta mensual con el médico para evitar así morir antes que su esposo. La muerte -la suya- se había convertido en su mayor enemiga, la posibilidad de que llegara airosa, envuelta en su manto sombrío a llevársela antes que a él, la acosaba aún cuando leía o escuchaba música. Tomás era odioso, eso le quedaba claro: siempre hambriento; siempre ensuciando; siempre necesitado de todo, siempre falto de las capacidades más esenciales en cuestiones de limpieza básica; pero su vida se justificaba gracias a su existencia. Si Tomás no estuviese más a su lado, ella se derrumbaría para siempre en la mecedora porque no habría entonces razón alguna por la cual levantarse a vivir un nuevo día. Tomás, con todo y los muchos defectos que tenía, representaba, para ella, la vida.

Tita había limpiado toda la tarde, tenía lista la comida y estaba apurada porque Tomás le había insistido en que saliera a comprar más antigripales para pasar tranquilo esa noche. Tita pretendía ir a la farmacia cuando de pronto, como de la nada, un mareo le sobrevino y cayó al piso en un desmayo. Tomás escuchó el golpe seco y fue lo más pronto que pudo a la cocina. Se encontró con Tita en el piso e intentó levantarla, pero sus piernas, enfermas hasta los huesos, le impedían soltar las muletas. Llamó por teléfono a su vecina Dora, quien apresurada bajó las escaleras de los departamentos.

La situación de Tita no era grave; tenía principios de anemia y debía ser hospitalizada unos cuantos días. Desde su incapacidad, Tomás dio a su esposa los mejores deseos y la despidió con un beso en la frente. Tita, que se encontraba trepada arriba de un taxi, dio a Tomás una serie de instrucciones claras y precisas para el mantenimiento del hogar. Tomás no prestó mucha atención, sabía que no iba a mover un dedo: ya pondría orden ella cuando estuviese de nuevo en casa. El taxi partió hacia el hospital y Tomás entró en la casa.

Una de esas noches Tomás tuvo un sueño: Tita salía del supermercado y sufría un infarto directo y sin escalas al corazón. Se derrumbaba entre la gente que transitaba por la calle y era llevada al hospital. La noticia le era comunicada vía telefónica. La posible muerte de su esposa era real, y una angustia ácida impregnó su garganta. Al colgar el auricular se daba cuenta de que la casa era un verdadero desorden. Él, atado a una silla de ruedas, tenía que limpiar la casa y lavar la ropa; pero cada vez que intentaba levantar algo del piso o lavar cualquier cosa, la silla se movía hacia todas las direcciones impidiéndole hacer absolutamente todo. Entonces sentía mucha hambre y buscaba desesperado un poco de comida. Pero todos los cuartos a los que entraba estaban vacíos; hasta la propia cocina se había transformado en una habitación blanca y sin ningún mueble en su interior. Tomás comenzaba a llorar de impotencia porque sabía que Dios lo había hecho inmortal y que su amargosa situación se prolongaría por toda la eternidad. El sueño terminó con el llanto intenso de Tomás, y con el despertador cuando sonó fuertemente en la mesita al lado de la cama. Se levantó sobresaltado envuelto entre las cobijas y tomó las muletas para ir de prisa a la mesa del comedor a buscar una libreta y una pluma. Se sentó, y con los ojos llenos aún de lágrimas, escribió la más hermosa carta de amor que jamás escribiera nadie antes:

Querida Tita:

La casa está hecha un verdadero desorden y no tengo nada para comer. Necesito que me prestes cincuenta pesos y que vengas pronto a lavar mi ropa. Toda está sucia. He pensado mucho en ti y en los años que hemos pasado juntos. Hoy sé que no te cambiaría por nada del mundo. Extraño tus pasteles y el olor a desinfectante en el piso. Anoche tuve un sueño terrible y desde entonces una preocupación me corroe con su acidez la garganta; es tan maligna que creo que ésta noche no me dejara dormir. Rezo todo el día para que te recuperes. No olvides el dinero por favor amor. Hoy dormiré pensando en ti y en lo mucho que te necesito a mi lado.

Con amor: Tomás, tu Highlander; el que es todo tuyo…

La vida de ambos se resumió en la hoja amarillenta y arrugada de una libreta marca Scribe en la que Tomás garabateó aquellas palabras de amor; y navegó silenciosa desde ahí a los ojos de Tita mientras, tranquila, leía recostada en la cama del hospital gracias a Dora, su amable vecina que había ido de visita y que llevaba, entre otras cosas, el papelito que le había dado Tomás.

El corazón de Tita se sintió completo de nuevo; sacó de su bolso cincuenta pesos y los guardó en una pequeña bolsita de plástico. Dentro puso también, envuelto en una servilleta, un pedazo de pan que le había llevado esa tarde la enfermera como postre y que ella había guardado precavidamente para la mañana siguiente. El paquetito fue entregado y encargado cuidadosamente a Dora, quien, de muy buena gana, fungió como mensajera entre los esposos.

Esa noche fue una de las más tranquilas y serenas de los últimos tiempos. La placentera certeza de que había alguien que, por el simple hecho de existir, justificaba todo cuanto había vivido hasta entonces le llenó a Tita la boca de un suave sabor dulzón. Recostada en su cama, recordó el día maravilloso en que, de acera a acera, cruzó su mirada por vez primera con la de Tomás. Mientras tanto, el viejo roncaba con la boca abierta y, en su sueño tomaba forma, cada vez más claramente, el pan de limón que Tita sabía hacer como nadie.
Cuento dedicado a Alva Lai Shin
Fotografía: Brenda Ledesma

Noemí Mejorada at 1:51 PM

21comments