Sunday, April 05, 2009

Historias del celuloide



I. Permanencia voluntaria


La sala estaba completamente vacía y la pantalla permanecía muda y blanca. Las butacas guardaban un silencio prudente para no despertar al proyector, el cual se encontraba en la cúspide del sitio, en un pequeño cuarto solitario. Nadie hacía ruido, podría decirse que esperaban algo o a alguien.

Por la entrada principal apareció una figura. Era delgada y ligera, llevaba vestido y el cabello recortado en una melena. Sus ojos rasgados hacían pensar que su rostro pertenecía a otro lugar, como a algún país de oriente. Caminó segura por el pasillo central, el cual se iluminó al encenderse una serie de luces muy pequeñas que se encontraban incrustadas al piso. Se detuvo más o menos a la mitad y se sentó en una de las butacas. Entonces la pantalla se encendió: una fila de imágenes en blanco y negro comenzaron a seguirse unas a otras, envueltas en un ritmo de cadencia silenciosa. El proyector crujía levemente, siendo éste el único sonido dentro de la sala. Las imágenes se perseguían, mostrando las escenas de una especie de infancia lejana. Luego vino el color, tonalidades líquidas escurriéndose entre los rostros de niños, de payasos, entre el pasto y el agua de alberca, entre la casa de los padres. Rojos, verdes, azules, morados… Los ojos del oriente permanecieron quietos, fijos en la superposición de sus recuerdos. Era su vida, las horas de su infancia comprimidas en una cinta y expuestas frente a sus ojos en una gran pantalla. La música comenzó a sonar, era un piano que tocaba lejano, como de otro mundo.

La pantalla se apagó de pronto. Luego se re encendió para seguir con la proyección que ahora exponía la juventud. Los trazos de un cuerpo en transición, las líneas que enmarcaban una figura adolescente. El piano continuaba en su vaivén de notas antiguas; de sonidos llenos de la ausencia del olvido. Entonces se dibujó en la gran pantalla el rostro que observaba en silencio; las facciones modernas de quien recordaba sentada en la butaca de aquella sala. Era su rostro, el rostro único e irrepetible de la joven que observaba su vida. Entonces la imagen se deshizo, tal y como sucede cuando se arruga una fotografía impresa en papel. Las luces de la sala se apagaron; la pantalla también. Carola seguía sentada en la butaca, mirando nada en medio de la oscuridad en la que todo se diluía. Era el fin… The End. El sueño había terminado, la música de piano no era ya más que un recuerdo lejano perdido en los extraños tiempos del sueño de aquella noche. Carola abrió los ojos y se observó envuelta entre sus sábanas azul turquesa.


I. De la vida tras un reflector imaginario


Carola era una diva de habitación a puerta cerrada; una estrella desconocida. Desde muy pequeña había soñado estar entre cámaras y reflectores, y representaba cotidianamente los guiones que en la soledad ideaba. Era una artista, el foco de atención de un director imaginario. Y actuaba. Cada paso, cada frase, cada sonrisa, debía convertirse en la fotografía perfecta, en un fragmento de movimiento congelado que pudiese ser colocado en la edición final de la obra maestra en la que ella participaba y de la cual era protagonista indiscutible.

Carola era una actriz nata, una estrella en toda la extensión de la palabra. Siempre se colocaba en los escenarios ideales; en los cuadros donde pudiese lucir mejor. Pensaba que, al final de su vida, podría recoger las imágenes que había grabado desde pequeña y editar su autobiografía para observarla en la inmediatez de la muerte. Su vida, así, se movía entre sus propios llamados de “acción” y “corte”, entre sus propias citas a vestuario y maquillaje. Podría decirse entonces que Carola era la habitante de un sin fin de fotografías creadas por ella misma; la artífice del largometraje de su vida.


II. De la renunciación


Un buen día, Carola observó un anuncio en el periódico: Reconocido cineasta impartirá curso sobre “El arte cinematográfico. Modelos, teorías y técnicas de filmación.” Interesados llamar al número 33673498.

Y se quedó pensando por un rato. Se le ocurrió que en ese curso podría renovarse, adquirir nuevas técnicas para su proyecto de vida. Luego tomó el teléfono y marcó el número. Su lugar en la lista era el 14 y debía presentarse el lunes a las 5:00 de la tarde en la Universidad de Artes Audiovisuales.

Llegó el día y Carola estaba sentada en una de las sillas del auditorio en el cual el especialista en cine impartiría su curso. Cuando éste entró en escena, ella enmudeció. Le pareció haber encontrado al protagónico masculino de su cinta y pensó que, tal vez, podría darle un giro a su película dotándola de un tinte de romance. Escuchó atenta la exposición y quedó impresionada. Al terminar la primera parte de la sesión, salió a tomar aire. El especialista en cine salió tras de ella y encendió un cigarrillo. Carola lo observaba de lejos con insistencia. Entonces él sintió una extraña atracción y giró la vista hacia ella. Sus ojos se encontraron y la fotografía fue tomada en el momento del contacto. Él sonrió; ella también. La distancia que había entre ambos estaba hecha de los minutos del tiempo de descanso: 30. Él dejó correr 5 y luego decidió ir a conversar con la joven de vestido rojo. Ella lo esperó paciente, controlando su respiración y los latidos de su corazón. Pasaron diez minutos. La conversación hizo que el tiempo se detuviera: stop. Luego de un rato llegó el climax, dándole la resolución a la escena:

Desde pequeño he creído que mis ojos son la lente de una cámara y que las escenas que observo son pequeñas fotografías. Es una especie de locura, como una psicosis o algo parecido. Y ¿sabes? Siempre he creído que hay alguien en el mundo que tiene la contraparte, es decir, alguien que es la pieza que complementa mi locura. Es gracioso, me imagino que, si la encontrara, la amaría, no sólo por el hecho de ser mi complemento indiscutible, sino por tener una locura más grande que la mía. Pienso en alguien que se siente el foco de atención de una cámara imaginaria y que actúa frente a ella. ¡No, definitivamente esa es una psicosis que supera a la mía!… me hace gracia; e ilusión…

Carola estaba estupefacta. No sólo por la reveladora confesión de aquel extraño, sino por la evidente fatalidad del destino. ¿Debía renunciar a aquella extraña atracción, a aquel amor que era en ese momento un capullo? Su única ilusión en la vida era saberse parte de una película en filmación y ser la directora única e indiscutible: si bien era cierto que había un director imaginario en sus fantasías, era verdad también que ella lo controlaba. Ella era su propia guionista y permitir que aquel amor floreciera, significaba la renunciación a la conducción de la filmación de su vida. Carola acarició el rostro del extraño que tenía frente a sí y se acercó a él. Lo besó suavemente. Ambos cerraron los ojos. Luego, fijó su mirada en la que, frente a sí, se abría lentamente y visualizó la materialización de la lente su cámara silenciosa. La grabó para siempre en su memoria. Caminando, se alejó. Nunca más volvió a aquel sitio, nunca. Estaba segura de que el amor era una cosa en verdad maravillosa, sin embargo era consciente de que sus fantasías eran el motor de su vida. No se permitiría parar. No permitiría que nadie controlara su vida. Carola sintió un nudo en la garganta y caminó un largo rato mientras buscaba una banca entre las muchas que había en la Universidad; la que tuviera más luz y se enmarcara entre las hojas de los árboles. Cuando la encontró, se sentó en ella y se puso a llorar. La cámara imaginaria la grababa en una toma sublime. Era la escena de desamor más hermosa entre todas las que se habían grabado antes. El viento arrastró consigo un olor a nostalgia mientras Carola lloraba incontenible. El final aún no llegaba, así que la toma se alargó por más de cinco minutos… el vestido rojo, el cielo azul, el verde de los árboles y el café opaco de la banca, hicieron de ésta una fotografía memorable que sin duda estaría en la edición final. Carola miró al horizonte, ¡corte! click de foto. Cambio de cámara, la toma se elevó hacia el cielo. Fin… The End.


Fotografía: Eugenio Recuenco

rotabeauvoir at 11:15 PM

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Saturday, March 21, 2009

Mi vida es así o de cómo M aprovechó el tiempo libre y garabateó un libro mientras estaba minusválida



No era escritora de formación, ni siquiera se sabía las reglas ortográficas. Era, más bien, una insensata minusválida matando todas aquellas horas que se atrevían a colarse en la habitación. Estaba tendida sobre unas sábanas muy blancas, con la pierna derecha enyesada y sostenida por una estructura de metal que estaba asida a la base de la cama. Tiempo atrás, jugando tenis, se había lastimado la pierna derecha, razón por la cual, el médico le había recluido en el hospital durante seis meses. Era una tragedia, había dejado inconcluso un partido de tenis, y con él la posibilidad de partir a Celaya a competir por el título Interestatal. M era una joven deportista que nunca había tenido buenas calificaciones, pero que, sin embargo, se esmeraba día a día por destacar en el ámbito de los deportes.

En sus tardes de enfermedad y ocio, con el blanco de las paredes del cuarto de hospital rodeándola por completo, se dedicaba a pensar en los partidos de tenis. Soñaba con la tarde fatal, en la que había corrido para responder aquel complicado tiro de su contrincante; e imaginaba que, al correr, no había pisado aquella bola, no había caído al piso y no se había fracturado el tobillo. Entonces, con los dos pies en perfectas condiciones, en lo largo y ancho de sus sueños, ganaba cada una de las competencias; iba a Celaya y ahí, recibía la medalla del triunfo. M giraba la cabeza de lado y echaba a andar su imaginación, como si con ello lograra dibujarse un futuro promisorio dentro del mundo del tenis. Se esmeraba en cada partido e identificaba sus fallas para corregirlas sobre la marcha. Así paso muchas horas, aproximadamente tres semanas.

Pero llegó un momento en el que el recorrido triunfal que había realizado oníricamente desde Guadalajara hasta el campeonato final en Celaya no le era suficiente; necesitaba algo más. Ya había delineado la totalidad de los partidos dejándolos limpios de errores, había identificado la manera de jamás cometer una falla. Ahora, lo que seguía, era no olvidar la fórmula, tenía que retenerla para siempre. Pasaron dos noches para que encontrara la manera: escribir un libro.

Se sabía muy bien el abecedario, recordaba las preposiciones y los artículos. Era suficiente. Pidió entonces un paquete de hojas papel bond y plumas de colores. Así, pasó noches enteras escribiendo. Luego de cinco meses, se sacudió las manos, dejó la pluma verde en la mesita de noche y pensó satisfecha: ya está lista mi obra. Acomodó las hojas de papel bond garabateadas sobre el escritorito de cama en el que trabajaba y cerró los ojos. Esa noche durmió tranquila.

Fue así como M escribió un gran libro con plumas de colores, y lo tituló Manual del deporte o de cómo hacer para no caer de la línea del triunfo. A la mañana siguiente, aprisa, como si alguien la estuviera persiguiendo, llamó a su amiga A para pedirle que fuera esa tarde al hospital. Al llegar, le mostró el manuscrito. A leyó el texto, e, inevitablemente, las faltas ortográficas y de puntuación cayeron, una a una, sobre sus manos y, ahí, se hicieron bolita como intentando esconderse entre ellas de la mirada inquisidora de la chica. Lo que ellas no sabían es que a nadie le dolía su ausencia, no eran necesarias. Aquellos garabatos se movieron en un mundo aparte, lejos de cualquier corriente literaria, lejos de los formalismos de la lengua escrita. Eran los sueños de una deportista; el paso atrevido del deporte por el mundo de las letras. Nada estaba prohibido.

Las comas y el punto final hicieron entonces sus maletas y salieron por la puerta trasera, los acentos, que antes se habían creído los artífices de la entonación del mundo, dieron media vuelta en un entero silencio. Salieron también. La pluma sonrió descarada porque sabía que jamás, en toda su historia, había sido tan libre. Las dos chicas charlaron toda la tarde sobre la gran hazaña pensando en el futuro éxito del manual. Después de unas horas cayó la noche y, entre las paredes de color blanco, se quedaron dormidas, profundamente dormidas.


Texto utilizado para la presentación de "Sueños de lavadora" el viernes 20 de marzo del 09 en la Casa Museo López Portillo en Guadalajara, Jalisco.


Fotografía: Eugenio Recuenco

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Thursday, February 26, 2009

No mirarás


El vapor empañaba los cristales de un auto que se encontraba estacionado afuera de un terreno baldío. Ahí, se perdía entre la soledad y la neblina propias de la madrugada. Dentro, un par de lenguas jugueteaban una con la otra, ansiosas de ir más allá; de salir del área del rostro e inspeccionar otros rumbos. Las piernas se rozaban en un contacto a través de la gruesa tela de mezclilla. Los dedos resbalaban por cada rincón posible permitiéndose sentir el cuerpo del uno en simbiosis con el otro como nunca antes lo habían hecho. Los besos se sucedían y las caricias parecían no tener fin. Luis pasó su mano por la espalda de Ricardo y la acarició por debajo de la camisa. Ricardo se desabotonó el pantalón mientras colocaba la mano libre de Luis en su interior. Sus respiraciones estaban agitadas y el volumen de los murmullos de ambos comenzó a subir de intensidad.

La ventana de la habitación de Gerardo daba a la calle principal de su casa frente a la cual se encontraba el terreno baldío. Éste, se paraba frente a ella todas las noches y encendía un cigarrillo aprovechando que sus padres se acostaban temprano. Era adolescente y la inquietud por el cigarro, el alcohol y otras cuantas prohibiciones comenzaba a despertarse en él. Sus padres, católicos de formación y religiosos y conservadores por convicción, consideraban que su hijo debía ser alejado de toda acción que pudiese conducirle al pecado. Por lo tanto, Gerardo asistía cada domingo a misa y por las tardes de la semana, ayudaba al sacerdote de la iglesia con las labores de monaguillo. Sus padres estaban orgullosos de él, sin embargo, no se lo demostraban para no dejar que se instalara en la confianza y se alejara de sus obligaciones cristianas.

Pero Gerardo estaba creciendo, y la ideología religiosa recibida desde que tenía uso de razón se estaba empezando a confrontar con su propia criticidad interna. Había algo en él que le quería llevar por otros caminos, que le conducía de manera casi involuntaria hacia otros lados. Sin embargo, a pesar de que una corazonada le indicaba lo contrario, Gerardo guardaba respeto a Dios y obedecía sus mandamientos; y esperaba que el camino que se comenzaba a contornear difuso frente a él no le alejara demasiado de la espiritualidad. Fumaba y bebía de vez en cuando una cerveza con sus compañeros de la secundaria cuando le invitaban al parque después de clases; pero no confrontaba a golpe seco los preceptos católicos a través de los cuales regía su vida desde pequeño.

Esa noche algo le hizo despertar. No había salido a fumar y estaba en su cama intentando conciliar el sueño. De pronto algo le despertó de manera inesperada; eran unos ruidos que provenían del exterior. Se puso de pie y corrió las cortinas; vio un auto estacionado. Estaba apagado pero había movimiento en su interior. Enfocó la vista lo más que pudo y permaneció inmóvil un par de minutos. Entonces logró distinguir a los chicos. Dentro se acariciaban sin parar; extasiados por el contacto de sus cuerpos. Gerardo, impresionado por lo que estaba sucediendo ante sus ojos, no pudo dejar de mirar.

Luego de veinte minutos, Luis bajó del auto y encendió un cigarrillo. Después lo alcanzó Ricardo. Afuera del auto, recargados en la portezuela del conductor se abrazaron amorosamente. Las bocanadas eran como suspiros que viajaban por el aire y se dirigían hasta el cielo. Luis lanzó el cigarrillo al piso y lo apagó con el pie; luego besó suavemente a Ricardo en la boca y en el cuello. Subieron al auto, arrancaron y partieron.

Gerardo volvió a la cama pero no podía dormir. Pensaba en los dos chicos que sin restricciones se habían entregado al placer, y era maravilloso. Sus ojos, más iluminados que nunca, se embarcaron en un viaje nocturno y lejano. Mientras se masturbaba recordaba esa leyenda que tantas veces había leído en el baño de niños de su colegio: No te toques, Dios te está viendo. De pronto se sintió a años luz de Dios y percibió cómo una especie de puerta se abría en su interior. No le importó y tampoco tuvo miedo. Una convicción se le había dibujado redonda frente a sus ojos. Intentó dormir de nuevo. Nunca más volvería a ser el mismo, nunca.

Mientras dormía, las manos de Luis y Ricardo se entrelazaron sobre la palanca de velocidades del auto en movimiento; y eso era como estar de noche en el cielo, mientras Dios está durmiendo.


Fotografía: Eugenio Recuenco

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rotabeauvoir at 5:19 PM

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Monday, February 23, 2009

Perro callejero


En la curva del kilómetro 38 de una carretera casi olvidada se encontraba Karim. La luz de un viejo y oxidado arbotante le iluminaba parcialmente el rostro; un rostro deformado por las inclemencias del vagabundeo. Una gran cicatriz le atravesaba la cara de forma diagonal como buscando dotarle de dos rostros. Uno de ellos recibía las limosnas de luz de la lamparilla; el otro no se dejaba tocar ni por el reflejo de la luz de la luna.

Estaba sentado en el piso y tenía las rodillas encogidas, por lo que la barbilla descansaba sobre ellas. Sus brazos rodeaban en un abrazo su par de piernas y, de su boca, se escapaba una especie de melodía que sonaba como un silbido. Karim silbaba mientras el viento daba inicio a un lúgubre viaje para transportar aquella extraña musiquilla. Su cuerpo se mecía de adelante hacia atrás; lentamente, pausadamente, en un vaivén de lentos y casi imperceptibles giros. Nadie le miraba, nadie le acompañaba; el silbido viajó por la carretera contorneando sus irregulares curvas.

Por el kilómetro 36 se acercaba Lola. Esa noche había planeado encontrarse con sus compañeros de la universidad para pasar el fin de semana en una cabaña en las afueras de la ciudad. Manejaba un auto Renault modelo 68 mientras tatareaba una canción de Gloria Gaynor. Detrás del cristal del auto, agarrada fuertemente al volante, se mordía el labio inferior. Esta era una manía suya que la hacía verse un tanto sexy. Era una chica linda y, aunque su belleza se empeñara en ocultarse tras las gafas de aumento que usaba desde los 13 años, había momentos en los que era imposible dejar de notarla. Esa noche se había puesto un vestido negro ajustado y medias tintas, por lo que su figura se enmarcaba en una serie de curvas pronunciadas. Su cabello negro se movía a la par del viento que cortaba la piel como navaja fina y que entraba por la ventanilla del auto pegándole en la cara.

El kilómetro 36 comenzaba a agotarse y la promesa que se había hecho Lola de divertirse sin restricciones se involucró de pronto en un proceso de mutación extraña. Gloria Gaynor cantaba I will survive y Lola tarareaba la letra. De pronto, justo antes de iniciar el kilómetro 38 su auto comenzó a fallar y se detuvo antes de la primera curva. La cabina de teléfono no estaba lejos, indicaba un señalamiento, así que Lola decidió bajar del coche y caminar hasta encontrarla. Sus pasos se encajaban a manera de taconeo sobre el concreto de la carretera y su silueta se convirtió en una sombra que se movía entre el paisaje.

Después de haber recorrido medio kilómetro sin encontrar otra cosa que no fueran matorrales ensombrecidos, Lola comenzó a desesperar. Estaba cansada y la altura del tacón de los zapatos le impedía moverse con rapidez. Entonces se detuvo para quitárselos cuando frente a ella se irguió la figura de Karim. Estaba parado sin emitir una sola palabra, únicamente la observaba. Lola, asustada, se echó para atrás en un brinco. La noche estaba pretendiendo tomar forma de una angustiosa persecución y el silencio buscaba convertirse en una especie de callejón sin salida. Karim, sin dejar de observar a la chica, extendió uno de sus brazos como queriendo tocarle el rostro, ésta, inmovilizada por una especie de pánico, se dejó acariciar por aquel extraño. La luna les iluminaba cual reflector silencioso. Entonces, Karim sonrió descubriendo tras de su sonrisa una larga fila de redondos y amarillos dientes. Acercó el rostro hasta estar a 5 centímetros de la chica y luego, como de la nada, saltó sobre ella. Con sus dientes le arrancó la ropa y luego, a mordidas a veces agresivas y a veces suaves, la piel. La sangre formó un charco espeso alrededor de su cuerpo y la luna grababa como cámara un video desde el cielo. Así pasaron varios minutos. Luego de este tiempo, con la mejilla pegada al frío concreto, Lola observó alejarse a Karim. Caminaba encorvado hacia la fila de arbustos ensombrecidos. Poco a poco cerró los ojos. El joven vagabundo se ocultó y continuó silbando entre pausados giros. En ese momento, Gloria Gaynor sonaba ya lejana, como de otro mundo.



Fotografía: Eugenio Recuenco

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Wednesday, January 28, 2009

Chantajes o tratado sobre la dualidad del mundo



M: ¿quieres ir a jugar a mi casa?

P: mmm ... ¿a qué?

M: mira, jugamos a que éramos escritores y que hacíamos libros y que yo escribía cuentos y que tú los completabas...

P: ¿otra vez? ash, no sé, ¡es que tú luego quieres siempre ser la primera en escribir y yo tengo que seguirte el paso!

M: ¡Ay aaaaandaleeeeeeeeeeeeeeeee!

P: Aissssshh bueno, ¿pero puedo empezar esta vez yo?

M: mmm, nop!

P: ¿por qué no? ¿ves?

M: ¡porfitas, porfitas, ándale, primero yo!

P: pero es que ¡es injustooooo!

M: ¡si no me dejas que sea yo quien escriba primero ya no te voy a dar de mi paleta!

P: ¡oyeee, eso es chantaje!

M: ¡ya te dije!

P: ... bueno pues, ya, ándale, vamos...


Una sonrisa cínica de mujercita sinvergüenza se le dibujó en el rostro a Mimí. Era chantajista, trepadora, egoísta y abusiva, pero sabía que nadie, nadie en el mundo era capaz de hacer con sus historias lo que hacía Pável; y sabía también que ella jamás sería capaz de completar la redondez de los cuentos que él creaba. Por eso cuando Pável intentaba inaugurar el juego con una historia ella se negaba rotundamente y le chantajeaba con lo que fuera: paletas, pasteles, canicas… lo que fuera. Y él accedía sin remedio. Mimí era feliz a su lado; le encantaba pasar su tiempo con él fabricando historias de dos caras, formando mundos de doble naturaleza. Era su mejor amigo, su cómplice.

Pável, con un sentimiento de molestia, caminó sin mirar a Mimí. Mimí, por su parte, lo observaba de reojo. Con la sonrisa más marcada aún le tomó de la mano. Pável, sin decir palabra, se dejó guiar por su amiga. Su molestia se fue disolviendo poco a poco, del mismo modo en el que la paleta de frambuesa sucumbía ante el jugueteo de la lengua de Mimí.

Cuento dedicado a Pável, ¡el As de las variaciones literarias!

Foto: Eugenio Recuenco

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Monday, December 22, 2008

Magenta o la inevitable disertación sobre las pérdidas



I. Magenta

Cuando los tenues rayos del sol iluminaron la luna por el costado derecho Solé tenía ya cuatro noches sin dormir; se encontraba recostada en su sillón y tenía una manta sobre las piernas. Aquellas últimas horas habían sido largas, tanto que Solé había decidido no voltear a ver el reloj. Atenta, mantuvo fija la mirada en la pared color magenta.

De sus ojos colgaba la piel oscurecida por el insomnio; eran las 2:00 de la madrugada. Nadie estaba con ella en casa. Pensaba. Vivir, sin duda, era complicado, pero vivir después de una pérdida, era la muerte. La vida era, en sí misma, la muerte. Y ella estaba muriendo.

II. Retrospectiva

La puerta de la habitación estaba cerrada. Río caminaba de un lado a otro, parecía impaciente. En realidad lo estaba, eran las 4 de la tarde y Solé no regresaba del trabajo. Era muy extraño, sobre todo porque nunca se retrasaba en nada, digamos que la puntualidad le caracterizaba tanto como a él la impaciencia. Iba de un lado a otro, se sentaba en los rincones, se levantaba, iba al sillón, regresaba y repetía la operación al infinito. De pronto entró Solé cargando un paquete. Río quería sonreír, sin embargo se sentía molesto con ella. Así que no lo hizo, y permaneció en el sillón sentado sin emitir sonido alguno. Solé, con una sonrisa amplia y hermosa, lo miró, corrió hacia él y lo abrazó fuerte. Le dio miles de besos y lo apretó contra su pecho.

-Mira lo que te traje Río. ¡Es un regalo! No pude resistirme, lo vi y entré en la tienda. Es hermoso ¿no te parece? Póntelo, ¡ven!

Y con algo de dificultad le puso el suéter color magenta.

-Ja, ja, ja; Río, ¡te ves guapísimo!

Río no tuvo otra opción que agradecer el detalle, después de todo, la tardanza estaba justificada. Se le acercó y la acarició suavemente.

III. El Río

Solé acostumbraba ir a pasear al río de noche. Se abrigaba bien, salía de casa y caminaba por el sendero iluminada por la luna. Al llegar al río, se sentaba en su orilla y permanecía en silencio observando la quietud del agua. Cada noche era única e irrepetible, por eso no faltaba nunca.

Una noche, mientras Solé se perdía en la belleza del apacible río, Río merodeaba el sitio. Desde detrás de los arbustos miraba atento a Solé con su mirada redonda de luna llena. Quedó como hipnotizado. Se acercó lentamente, silenciosamente, hasta estar a sólo un metro de ella. Se sentó a su lado y la miró como nunca nadie la había mirado antes. Desde entonces ella le llamó Río y lo llevó a vivir a su casa.

IV. La inevitable disertación sobre las pérdidas

Juntos lo habían vivido todo. Ahora Río ya no estaba y ella intentaba comprender la pérdida. Se preguntaba si acaso podría seguir adelante, si existiría algo más para ella en el mundo. La vida sin Río era absurda y absolutamente inadmisible.

Los botes de pintura yacían vacíos por doquier, el color magenta se escurría por todas las paredes. Solé estaba manchada de la cabeza a los pies. Las lágrimas se le habían atorado en la garganta; la vista se le había paralizado en sus recuerdos. Río, Río, Río.

La luna estaba siendo iluminada por el sol, pero sus rayos no alcanzaban el sillón donde se encontraba Solé. Una oscuridad se había colado apoderándose de todo cuanto había en la casa. Sólo el magenta brillaba como si tuviera luz propia. Solé moría poco a poco.

Si alguna vez volviese a ver a su gato... se quedó sentada en el sillón con la cobija sobre las piernas, mirando fijamente el color magenta; pensando en Río y en las tardes maravillosas de un ayer que se le antojaba lejano e inalcanzable. Las lágrimas se le desanudaron inesperadamente cuando pensó en aquella primera noche, y entonces lloró durante tres largas horas. Una hora, dos horas, tres horas. Solé encogió las piernas, cerró los ojos y se quedó dormida. En su sueño pudo ver la imagen difusa de un gato mirando en silencio a una chica que, sentada, se había dejado perder en la pasividad del agua de un río color magenta.


Para Ravioli

rotabeauvoir at 12:58 AM

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Sunday, December 21, 2008

¡Porque usted lo pidió!



Ya está a la venta Sueños de lavadora. Si usted desea adquirirlo vaya a la librería El Aguaje situada en el Andador Coronilla de la ciudad de Guadalajara.

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rotabeauvoir at 5:41 PM

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